A nueve centímetros del suelo

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Zapatos de mujer|Flickr

 

Traté de no dejarme deslumbrar por la opulencia de la casa de mi primer paciente a domicilio aunque me resultó algo difícil. La mujer que me abrió la puerta, por su vestimenta y su actitud servicial sospeché que se trataba de la ama de llaves, me acompañó hasta una habitación enorme con unas vistas que me fascinaron: Barcelona se sumía a nuestros pies como un lienzo perfecto, rodeada por la luz anaranjada del final del día de un sol que se escondía detrás de nosotros, con el mar enfrente a través de una cristalera gigante que iba de pared a pared desde donde podría haber alcanzado cualquier cosa con mi mano. Entendí que el mundo en el que me había adentrado no tenía nada que ver con el que yo acostumbraba a vivir, de hecho, eran mundos equidistantes entre sí que jamás se cruzarían y eso me hizo sentir realmente extraña.

 

Las vistas no me distrajeron de otra espectacular fotografía, esta vez real y no fruto de la naturaleza; pendida del techo y a unos nueve centímetros del suelo, perfectamente integrada en la estancia, como una extensión más de la pared en la que parecía apoyarse. Giré a la izquierda y retrocedí varios pasos para poder admirarla con mayor detenimiento. El primer vistazo me mostró a una mujer que apoyaba una de sus piernas en una silla. El fondo de la foto era negro y destacaba el contraste de los tonos blancos: la piel de la mujer, la tela de la silla; y los únicos rojos: sus labios y sus zapatos. Tenía el pelo largo, con ligeras ondas que le caían por el hombro. Sus ojos eran grandes y su mirada, penetrante. Su nariz era pequeña y algo puntiaguda y su boca, semiabierta, mostraba ligeramente unos dientes blancos y alineados. Su cuello era largo. Llevaba un vestido corto y ajustado que marcaba sus pechos y sus caderas, en contraste con unas piernas largas y delgadas. Tenía apoyado uno de los zapatos de tacón de aguja en la silla mientras lo tocaba con sus manos desnudas y descansaba la otra pierna en el otro zapato sobre la moqueta blanca.

Creo que pude enamorarme de aquella mujer a primera vista.

Las puertas correderas se abrieron y me sobresaltaron. Mirando aquella fotografía había olvidado el motivo por el que me encontraba allí y allí estaba ella: la gran Daniela Bautista.

Su aspecto había cambiado mucho. Su piel ya no era tersa como en la foto, no tenía aquella abundante melena ni su mismo cuerpo. De hecho, su rostro no parecía haber sido aquel que estaba en la foto. Ahora era una mujer mayor, de setenta y dos años, postrada en una silla de ruedas por culpa de una artritis de rodilla crónica aunque eso sí, calzando unos zapatos de tacón de aguja, para mi asombro.

 

–  ¿Ha encontrado bien la casa? -me preguntó mientras le hacía señas a su criada, retirándose.

– Sí, ha sido fácil. Finalmente he preferido venir en taxi. -No pude apartar mi vista de sus pies.

– No se preocupe doctora, ya no me pueden hacer más mal.

– ¿No son… No son los mismos que los de ahí? -los zapatos rojos parecían estar en perfecto estado.

– Sí, lo son. Claro que ahí los lucía mejor. Son unos court shoes del mismísimo Ferragamo. -Observó mi desconcierto- ¿No sabes quién es Salvatore Ferragamo?

– Creo que no -Contesté con tono dubitativo. Abrí mi maletín y comencé a sacar mis herramientas de trabajo. Como siempre, primero la temperatura y la tensión arterial.

– Increíble -pareció sentirse insultada. Se levantó la manga de la camisa para que pudiera colocarle el tensiómetro- Es, bueno, ha sido, el mejor diseñador de zapatos de todos los tiempos. Que Dios lo tenga en su gloria -terminó diciendo en un tono más bajo y santiguándose.- ¿Sabes? Todos, absolutamente todos llevaron sus diseños. ¡Imagínate, incluso Mussolini, que tenía los pies destrozados! Él se los curó. No te digo más, que él mismo me contó una vez que Eva Braun, se presentó en su taller rodeada de nazis, si…

– Señora Bautista, cálmese. No puedo tomarle la tensión así. Respire lentamente, tranquila. -la miré a los ojos y frunció el ceño.

– ¡Es normal que me altere! Ferragamo, por el amor de Dios. El hombre más fascinante que he conocido en mi vida. No tengo fiebre -me tendió el termómetro.

– Su casa tiene unas vistas increíbles. Desde aquí no parece la misma ciudad.

– Pues lo es. Lo es. Sino fíjate en mí. La de la foto soy yo. Y entre la mujer de la foto y yo hay muchas diferencias. Pero somos la misma. Yo fui ella un día. -ahora hablaba bastante más calmada, incluso pesarosa.

– Bueno, esto es ley de vida. Aquí nada es para siempre. ¡Imagínese el aburrimiento!

– ¡Oh, qué frío está ese cacharro! -le había colocado el estetoscopio, ella se erizó- sobre todo si estás sola. Eso es lo que me faltó a mí, darme cuenta de que no era para siempre. -el ritmo de su corazón había descendido considerablemente, ahora estaba auscultando su pecho y espalda.

– Pero tiene sus Ferragamo -quise hacer una prueba.

– ¡Ay mis Ferragamo! ¿Sabes que María Antonieta dejó caer al tablado sus zapatillas de raso oscuro cuando la guillotinaron? La acompañaron hasta la mismísima muerte -su corazón volvió a bombear potente y sentí asombro por el mecanismo del ser humano-. ¿Y Arreola, que le dedicó un cuento? “Nos hacen falta buenos artesanos, como los de antes”.

– ¿Cómo sabe usted lo de María Antonieta? -nunca me sorprendía lo bastante con las estridencias de la clase alta.

– Se subastó uno de los zapatos, la única pieza que se logró recuperar. Una fortuna -tosió.

– Está todo normal. Debe seguir tomando los calmantes y debería intentar nadar.

– Eso no sirve para nada -levantó la vista para admirar la foto.

– Tampoco le van a servir de mucho sus nueve centímetros… -agarré el bolso y mi maletín, me dispuse a salir. Sentí que Daniela no me había escuchado. Eché la vista atrás y la vi a contraluz. Me estremecí.

– Mírala. Un día yo fui ella.

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