Tu cama y Santa Ana

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Veo tus ojos buscarme desde lejos en esta tarde de invierno soleado, cuando la plaza de Santa Ana se llena de parejas jurándose amor eterno.

Escucho tu corazón agolpándose contra tu pecho cada vez más acelerado esa misma tarde cuando los últimos rayos de sol se agitan a través de las rendijas de la persiana frente a tu cama. Y te siento susurrarme pegado a mis labios eso de “quiero que te quedes conmigo para siempre”.
Te dejo dormido en la cama donde horas antes me has desnudado. La cama donde los gestos pequeños nos han hecho grandes. La cama donde me has hablado en ese lenguaje que sólo conocen los cuerpos vestidos de piel. El lenguaje ese que dice que la vergüenza es un enemigo. Ese lenguaje que se entiende al contacto, al mirarnos, al sudar juntos, al entrelazar nuestras manos, al golpearnos con dureza y con deseo extremo, uno contra otro, para satisfacer una extraña necesidad que nace en el mismo lugar donde uno muere después; tras ese golpe de luz y de locura, después de alcanzar el clímax y dejarse ir por quien ha provocado esa bendita sensación de plenitud. La cama donde he gemido para ti y donde tú me has mordido para asegurarte de que me llevaría una marca tuya fuera como fuera.

Te dejo allí dormido con un remolino de sábanas atadas a tus pies y peco pensando en que me parece una imagen perfecta para guardarme en el lugar de “cosas favoritas de mi vida” que escondo en mi memoria.

 

Pero me marcho lejos de ahí, desgarrada por ese sentimiento estúpido que dice que no saldrá bien, que podría vivir tranquila, más tranquila sin ti, que las historias de amor se acaban y provocan heridas irreparables de por vida. Y mientras marcho, porque debo marchar, una parte de mí se queda de pie, enfrente de tu cama. La cama donde horas antes me había mordido los labios sin darme cuenta y donde tú gruñiste al verme hacerlo. La cama donde me pediste ser mío. La cama donde te hice mío a mi antojo y donde aparqué mi vergüenza para convertirme en esa persona en la que me transformo cuando me vuelvo salvaje. La cama donde imaginé que quizá podríamos ser felices juntos. La cama donde dejé de sentirme incompleta y donde quise que ese misterio que esconden las personas viejas que van de la mano juntas, que se miran con cariño indestructible, que se tocan con enorme delicadeza, cómplices de años de pequeñas cosas que los hicieron grandes; quise que ese misterio se revelara entre nosotros.
Y me pierdo entre las calles del barrio de las letras, donde la oscuridad me abriga mientras pienso que los fantasmas de Cervantes, de Quevedo, Lorca o de Lope de Vega se me aparecerán de un momento a otro, con cien plumas afiladas listas para expresar en poemas esta cosa incoherente que me pasa. Un no puedo pero quiero. Un no debo pero debo. Sufro el síndrome inconsciente de los cobardes que salen corriendo cuando el corazón se rebela a la razón. “No puedo estar con él porque….”

Sé que en este preciso instante, me he convertido en la heredera de las miles de historias muertas que las paredes de todos estos edificios enfermos de silencio callan.
La cuestión es que… no soy lo suficientemente fuerte ni cuerda para alejarme más y me arrepiento de haber cruzado por la puerta que me separa de ti. Así que corro presa del pánico calle arriba hacia la plaza. Porque quiero volver para que me estrujes fuerte entre tus brazos. Porque quiero que me beses con rabia, tu rabia divina, como me besaste la tarde anterior. Porque quiero tu cuerpo desnudo, vestido, con sueño, con enfado, con ganas de mí, con hambre, con insomnio, con catarro, con ascensos, con carcajadas, con ideas idénticas no pronunciadas pero dichas por nuestros ojos, con miles de pequeños detalles pequeños que hagan de nuestra vida juntos algo grande. Porque te quiero… Soy adicta a ti, lo sé. Y una maldita loca que se quedará para siempre contemplando cómo duermes, enfrente de tu cama.

Veo tus ojos buscarme desde lejos en esta madrugada gélida de invierno, cuando la plaza de Santa Ana se vacía de parejas jurándose amor eterno.

 


Inspirado en San Valentín y en la canción Undone de Kat Tingey

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