The blame (culpable)

<< A rush at the beginning, I get caught up just for a minute but lover, you ́re the one to blame all that you ́re doing… Can you hear the violence? Megaphones in my chest >>

Le doy un pequeño sorbo a mi copa pero enseguida noto que no me basta. Entonces trago más y más hasta saciarme los nervios. Sí, estoy nerviosa. Dejo la copa cuidadosamente sobre la mesa y observo mi obra. Está todo perfecto. Miro el reloj que proyecta la tele. Suele ser puntual y como sé que le puede la intriga, reconozco que los pasos de fuera son los suyos aunque aún queden algo más de tres minutos para las ocho de la tarde.

Un par de golpecitos en la puerta. Mi corazón se acelera y mis manos se han convertido en dos pedazos de roca helada. No me corre la sangre. Vuelvo a darle un trago a la copa y cojo el antifaz que me dieron en el avión en mi último viaje. Ni en mis mejores sueños habría imaginado todo el juego que podría darme…

Vuelve a golpear con sus nudillos la puerta. Cruzo la habitación y recorro el pequeño recibidor. Abro la puerta despacio y, de manera totalmente inconsciente, me muerdo el labio y subo el arco de mi ceja izquierda. Ahí está él.

  • Bueno, ¿me explicas a qué viene todo este misterio? –hace gesto de querer entrar y le freno en seco interponiéndome entre él y la puerta.
  • Mi juego. Mis normas –deslizo el antifaz en mis dedos- Caballero…
  • No pienso ponerme eso –dice sonriendo.
  • No hace falta que te lo pongas tú. Ya te lo pongo yo. Y a partir de este momento, recuerda que no puedes decir ni una sola palabra.
  • Y te lo crees, claro… No prometo nada.
  • ¿Vas a obligarme a amordazarte? Por favor, déjame hacerlo bien –le miro socarrona. Me sonríe y me doy cuenta de que mis pulsaciones aceleradas hace mucho que tomaron el control de mi ritmo natural.

Le pongo el antifaz, le dirijo al recibidor (no calla), cierro la puerta y le conduzco hasta el centro de la habitación donde puse una silla. De las sillas cuelgan dos esposas. Una a cada lado. Hago que se quite los pantalones y los calzoncillos. Le siento y no contesto a nada de lo que me pregunta. Entonces le esposo una mano. Se tensa y me replica hasta que me oye refunfuñar. Sé
que tiene sed, así que me acerco a la nevera y le abro una cerveza. Ya se ha tomado un par antes de venir. Le conozco lo suficiente como para saberlo. Da un trago largo y le retiro el botellín. Cede y me deja que le espose la otra mano. Pulso play en el mando y empieza a sonar de fondo una canción de Lorde que está programada en bucle. Apago todas las luces excepto la de
las mesitas de noche y después de tomarme unos segundos para confirmar que todo está perfecto, me desnudo.

Me acerco a él por detrás. Le acaricio la cabeza y desciendo mis dedos hasta sus labios. Me los besa hasta que, de repente, me muerde fuerte. Gruño. Mi pelo suelto cae a un lado de su cara y al inclinarme a su oído, le mordisqueo la punta de la oreja y paseo mi lengua por su filo hasta que llego al lóbulo, que chupo con mucha saliva.

  • Si me paro a pensar fríamente sólo hay una cosa que me dé más placer que follar y es hacer el amor. Pero tú y yo nunca hemos hecho el amor… Por eso estás aquí, porque te lo voy a hacer tan bien que ni siquiera necesitaré tocarte.

Acto seguido, le quito el antifaz.

Sobre la cama, boca arriba, amordazada, completamente desnuda y atada, está ella. Es pelirroja, delgada y su piel blanca lleva un buen rato pidiéndome que la acaricie.

  • Suéltame ahora mismo. No puedo estar atado. Suéltame –empieza a revolverse en la silla. Intenta ponerse de pie pero no puede – No puedes hacerme esto. Suéltame, te lo suplico –llevo mentalizándome todo el día de que diría eso pero para mí, solo está ella.

Me acerco a la cama. Me pongo a cuatro patas y, sentada sobre ella, me aproximo a su boca. Le retiro la mordaza. La beso. Ella me devuelve el beso con tantas ganas que me cuesta decirle que no a sus labios pero no es lo que quiero ahora. La vuelvo a amordazar y gime. Me relamo. Huele tan bien… Beso su cuello. Me tomo mi tiempo y bajo hasta su clavícula. Su respiración empieza a entrecortarse, sus pechos ascienden y desciende con cierta velocidad y empiezo a acariciarlos. Me gustan. La miro y me mira. Sonrío y de pronto, tiro de uno de sus pezones. Ella da un respingo. Gime. Gruño. Me agacho y los chupo, primero con delicadeza y luego con devoción. Ella se retuerce y yo chupo con fuerza. Un pequeño alarido sale de su boca amordazada y entonces, muerdo. Da un pequeño grito y se queda quieta. Paso mi lengua rápidamente por el pezón y la calmo con mi saliva. Decido meter mi mano entre sus piernas. Desprende tanto calor y está tan húmedo que provoca que yo me humedezca casi instantáneamente. Algo dentro de mí me pide que baje ahí así que dejo sus pechos y directamente empujo sus piernas para que se abra bien. Detrás de mí está él. Amarrado a una silla sin poder moverse. Sé que habla pero no le escucho. Mi cabeza está a lo que está y está por hundir mi nariz entre los labios de su pubis. El olor es una mezcla a su perfume y a ella. Saco mi lengua a pasear. Primero un lametón rápido. A ella le encanta. Se retuerce. Vuelvo a pasar mi lengua pero esta vez con muy despacio y con más saliva. Me detengo justo en la abertura de su vagina y mezclo mi saliva con su flujo abundante. Salivo y mezclo, relamo una y otra y otra vez y otra y ella gime, hace amago de cerrar las piernas y se las abro. Continúo esa dinámica metiendo cada vez más mi lengua y noto que ella se pone de repente rígida. ¡No! No puede correrse aún. Freno en seco y dejo de sujetar sus piernas. Levanto la cabeza y veo que cierra las piernas, sosteniendo su orgasmo con todas sus fuerzas. Bajo de la cama y me doy la vuelta. Clava sus ojos en mis ojos. Mira mi boca, llena de restos de saliva. Me acerco a él y, como sigue sentado y yo además no me he quitado los tacones, se ve obligado a mirarme hacia arriba. Me abre la boca, me sitúo en paralelo abriendo la mía y dejo caer esa espectacular mezcla que somos ella y yo. Él saborea y me suplica con su mirada que le
libere. De repente, la punzada esa que me emociona y me debilita casi a partes iguales. Me atraviesa su mirada y sé que, de una manera solo nuestra, hoy nos hacemos el amor, sin siquiera tocarnos.

Entonces recuerdo todas las veces que él me dijo que era mucho más cabrón que yo.

Me vuelvo a dar la vuelta. No hay marcha atrás. Voy directa a ella y le quito la mordaza. La beso con furia. Creo que he acumulado furia desde que le conocí y estoy dispuesta a convertirme en tormenta. Ella levanta la cabeza como puede y me arrebata la cordura cada vez que su lengua engulle mi boca. Me giro en la cama de manera que le tengo mirándome de frente.
Ella se relaja, se tumba y yo me coloco sobre su cara. Saca la lengua. Miro hacia atrás y la veo sonreír con la lengua fuera recorriendo sus labios. Pego mi clítoris a su boca y empieza a chuparme… Ahora la que da un respingo soy yo pero me concentro y hago lo mismo que ella. Meto mi cabeza entre sus piernas, separo sus labios y busco ese punto que a todas las mujeres nos secuestra las buenas formas. Paso mi lengua y ella la suya. Nos damos placer mutuo. Agacho mi culo a su cara hasta que encuentro el punto cómodo donde me dejo hacer y hago. Somos dos cuerpos vendidos a la obsesión. Ella no conoce lo que es la tregua y yo no sé lo que es la prudencia. Y así seguimos, húmedas, dispuestas y entregadas. Hasta que se me ocurre levantar la
vista y fijarla en él. Su miembro, completamente erecto, se mueve solo y le veo forzar su pelvis alejando su trasero del asiento, como si tuviera la capacidad de penetrarme desde ahí. Y en realidad, es lo que hace, porque cada vez que su lengua me penetra, él empuja, cada vez que esa lengua me penetra, él empuja, él me empuja, me empuja, empuja…

… Me pierdo en mí. Me deshago y pido auxilio con un grito que mezcla mis gemidos, mi rabia, mi furia, mis tormentas, mis ganas, mi deseo desmedido, mi incontinencia… y al abrir los ojos, aún presa de ese espasmo tremendo que responde a la lengua de mi cómplice, veo que él se corre y salpica. Y detrás de mí ella deja quieta su lengua y al forzar yo la mía contra su clítoris, le
sobreviene el orgasmo que remarco con mi mano frotándola dentro.

  • Cuando se haya ido el ascensor, entonces es cuando puede soltarle pero no antes. ¡No antes! Y le da esta tarjeta –le indico al camarero de planta.
  • ¡Vamos, tú loca! Que mi novio lleva esperándome abajo ya quince minutos y no veas cómo se pone… -dice ella desde el ascensor.

Miro el móvil. Ninguna llamada. Ningún mensaje. Cada vez que le llamo, me salta su contestador. Sólo aparece una maldita aspita en sus mensajes. Hace algo más de una hora que nos fuimos y empiezo a preguntarme si no se le habrá olvidado al camarero darle mi tarjeta. Mi cabeza empieza a ser tortuosa y empiezo a teorizar con el hecho de que no le haya gustado, que
se haya sentido traicionado, que no me perdone haberle dejado atado y sin opciones para participar. Luego recuerdo su cara al correrse y juraría que era de placer extremo. Siento agobio.

Un camarero me sirve una cerveza.

  • De parte del caballero –señala hacia el otro lado del salón.

Está serio. Más serio de lo habitual. Me mira de una manera muy diferente a todas las otras veces. Remata de un trago su cerveza. La deja en la mesa y se me acerca con decisión. Entonces me dice:

  • ¿Sabes? Si me paro a pensar fríamente sólo hay una cosa que me dé más placer que hacer el amor contigo y es follar. Pero tú y yo nunca hemos hecho el amor follando… Por eso estás aquí, porque eres la culpable de que te lo vaya a hacer tan duro, que lo único que desearás será que no dejemos nunca de tocarnos.

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