Seis cuerdas pulsadas y un reflejo

Seis cuerdas pulsadasTu reflejo. La maldita guitarra apoyada en la pared me dice que tu reflejo.. Dice que anoche tus manos.. Dice que tus dedos en sus cuerdas tensas… Dice que mi voz rota… Tu reflejo se tiñe con mi reflejo y miro esa maldita guitarra que me dice que anoche…

 

He prometido portarme bien y sólo por eso me voy a estar quietecita pero juegas sucio conmigo. Muy sucio.

Me has atado las manos a la espalda y te has asegurado de que me quede así, quietecita. No puedo moverme de la silla y además de tener los pies amarrados a las patas, me has tapados los ojos. Te odio tanto… Pero sabes bien lo que me haces. Sabes que como no puedo ver, agudizo mis oídos y como no me puedo mover, respiro algo agitada por la intriga. Es curiosa la sensación del espacio porque creo que el salón del apartamento es un enorme lugar. ¿Has apagado las luces? Huele a cerezas… La temperatura… Sé que has encendido las velas que hay sobre un plato grande en la mesa, justo a mi lado. Te oigo abrir la puerta y pasos al fondo. ¿Qué haces? ¿A dónde vas? Creo que lo sé. Me encanta el helado. Una imagen veloz pasa por mi mente y me encojo: tu pubis cubierto de chocolate y mi lengua saboreándote entero y duro.

De nuevo tus pasos y ese olor característico. Madera. Sonrío nerviosa. Tus labios en mis labios. Empiezo a enamorarme de tus besos pero me digo que no. Nada de enamorarme.

Colocas una silla y me imagino que te has sentado en ella cuando de repente tus manos acarician seis cuerdas pulsadas. Siento mi piel erizarse. Calientas con notas sin sentido, sin melodía y se me hace eterno hasta que me tocas el alma con esos acordes. ESOS. Esos que sabes que me destrozan. Tú no lo ves pero mis ojos se empañan dormidos así como están. Callados. Y cantas. Tú me cantas…

 

Empiezo a volar… Soy un alma derrotada. Soy un alma muerta. He creído tantas veces en palabras vacías de hechos que algo grande y oscuro retumba en mi pecho. De dentro a fuera. Sé lo que es. Ese monstruo me acompaña desde hace tiempo y me engulle. Tú me cantas pero no te escucho. Ese monstruo me dice que es todo una mentira porque ya nadie sabe cómo se hace eso en lo que yo tanto creí una vez. Tú no lo ves pero mi garganta se ajusta hasta ahogarme y no sé cómo disimular que no quiero llorar. Es la laguna que nace cuando la música se atreve a traspasarme, rompiendo piel y nervio y tendón hasta penetrar en lo más profundo donde existo. Pero tu voz me mece de lado a lado, me miente porque creo que esta vez saldrá bien y el monstruo se calla de repente. Cerezas. Madera. Tu perfume… No sé distinguir lo complicado de lo simple.

Cambias el ritmo y con una facilidad que me fascina fusionas dos melodías que nada tienen que ver entre sí pero que yo reconozco. Los acordes se vuelven de nuevo familiares. Los sé más míos, quizá porque esa es la canción que tantas y tantas veces he cantado durante los trayectos en el coche. Sonrío y se deshacen las ganas de llorar, las mentiras, mi monstruo.

Y empiezo a volar… Soy un alma libre. Soy un alma indómita. Corro veloz por la ladera de una montaña verde y serena. Corro sin nadie que me ate ni pueda agarrame. Corro cada vez más deprisa y respiro para llenar mis pulmones con todo el aire que me cabe. Hay tanta luz en mis piernas. Hay tanta fuerza en mis puntos norte y sur, este y oeste. Creo en mí y no me preguntes cómo, creo en ti; deshago hasta el último ápice de malintención. Se enmaraña mi pelo negro suelto y se suelta mi garganta inconscientemente. Sin saber cómo canto. Yo te canto…

Nos perdemos en una canción sincera. Nos hacemos con el ritmo y funcionamos. Tus manos le dan paso a mi voz y mi voz se hace a tus manos. Y de pronto paras. Sueltas la guitarra que nos mira ahora tumbada desde el sofá.

Te avalanzas a mí. Me arrancas el pañuelo y mis ojos deben de ser grandes cuando te miro porque me miras como si admiraras algo increíble. Me besas y lo haces con desesperación, con una desesperación que enciende una parte de mí a la que no estoy tan acostumbrada. Un laberinto de sensaciones… Quiero tocarte y no puedo. ¡Me niego! Echo mi cabeza hacia atrás.

-¿Me acabas de hacer la cobra? -tu mano se sujeta a la silla y me miras serio.

-Desátame. Quiero tocarte. -No vas a intimidarme ni un poquito.

-¿Acabas de hacerme la cobra? -Me miras.

-Suéltame. -Te miro y trago saliva.

 

Suplico y eso me molesta porque odio suplicar. Pero suplico porque deseo tanto tocarte… Y me desatas los pies de la silla pero no liberas mis manos que siguen atadas a mi espalda. Entonces echas mi cuerpo sobre tu hombro. ¿De verdad me tienes atada, subida a ti como a una niña y pretendes llevarme a dónde, a la habitación? (No hablo en voz alta). Me das un cachete en el culo y muevo las piernas. Me sujetas más fuerte. Esto no está pasando… Acaricias suavemente mi trasero.

-¿Sabes que tienes un culazo? Me encanta.

-Te vas a arrepentir de esto, ¿lo sabes? -sonríes. No soporto ir en volandas. Se me va la sangre a la cabeza. Te odio tan fuerte…

 

Te atreves y me tiras en el colchón. Pones música y vas a por las velas del salón. “Voy a matarte”, pienso. Me incorporo de la cama y como buenamente puedo me pongo de pie, justo en el extremo.

-¡No puedes salir de la cama! -te tiras a por mí. Me toca jugar…

-Atrápame si puedes -te sonrío de medio lado y sé que eso abre la puerta de tus demonios morados que sonríen traviesos.

Empezamos a corretearnos de lado a lado de la cama pero yo tengo las manos atadas a mi espalda, tú me llevas ventaja y me das caza. Entonces todo se vuelve denso. Tremendamente denso. Nos clavamos los ojos. Me tenso. Te tensas. Me acelero. Te aceleras. Trago saliva. Me coges de las manos, por mi espalda y me vas empujando poco a poco hacia atrás hasta que doy con la pared. Tu boca se va directa a mi cuello. Tu lengua se vuelve rebelde y me recorre. Calor. Siento calor. Me coges del pelo y me obligas a mirarte.

-Vas a ser mía. Quiero que seas toda mía.

-Yo no soy de nadie.

Eso te excita porque sabes que no me podrás dominar nunca pero no es eso lo que pretendes. Tú quieres domarme.

Piel contra la piel. Me desatas las manos. Me hago valiente. Me convierto en ese ser extraño en el que no me reconozco. Me agarro con fuerza a tu pelo y te beso en los labios con la furia de siete mares. No sé ya de tiempo, no sé ya de paredes, de melodías que me dicen que soy idiota. Somos tú y yo.

Me tumbas y me quitas la única ropa que me protegía. Me quedo desnuda, muerta de vergüenza al saberte mirándome con descaro. Y comienza tu tortura. Primero con tus dedos en mis pezones. Me aprietas y gimo. Me besas y me aprietas. Mis labios se vuelven torpes y mis ojos me esconden del mundo ese que nos estamos inventando donde nos volvemos agua. Me recorres con tus labios piel abajo. Lames deslizando tu lengua por mi mentón, mi cuello, mis pechos donde te entretienes y donde yo quiero que disfrutes hasta que prosigues rumbo a mi ombligo y de ahí a mi pubis, que mordisqueas provocándome una sonrisa cómplice. Paras. Abres mis piernas. Besas la cara interna de mis muslos y soy agua. Tú lo sabes. Tú lo quieres. Mordisqueas de repente hacia mi parte más sensible… Paras y tu mano me acaricia.

-¿Qué deseas?

-A ti

-¿Qué deseas de mí?

-A ti. Todo.

  • Sé mía.
  • Yo no soy de nadie.

-¿Qué quieres?

-A ti.

-Pídemelo.

-Cómeme.

-¿El qué?

-¿En serio?

-Pídemelo.

-Por favor…

-Dilo.

-Cómeme…

-¿El qué?

-El coño.

-Sé mía.

-No puedo…

-Es fácil… Dilo. Sé mía.

 

Me muero. Lejos de asustarme me provocas con tu voz, tus palabras y tu incesante acariciarme. Soy presa del deseo más irracional que conozco y te obedezco sin remordimiento: “soy tuya”. Vuelo. Soy libre, con tu lengua arrebatándome la cordura; navegando arriba y abajo por mi clítoris, que has encontrado sin la más mínima duda. Me retuerzo. Algo quema ahí abajo y es mi piel. Tus dedos investigan hasta dónde puedo dejar de ser yo misma. Tu labios apresan el punto exacto donde me deshago y tu lengua sorbe eso que para mí es incontrolable. Pareces tan sediento de mí… Se me va la vida entre tus dedos, tus labios, tu lengua. Esa puta lengua me mata. Y me despido de mi cuerpo. Me derrito. Me mezo. Vuelo. Y me corro con tus manos apretando mis muslos, que quiero juntar para dejar algo de mí vivo. Jadeo sin miedo y corro libre desde dentro de mí a tu boca… Repito intento de cerrar mis piernas pero te haces fuerte y llega un momento en el que la luz me ciega y me arqueo hasta que ya no puedes respirarme y cesas, saciado de lo más personal e íntimo que puedo regalarte.

Expiro. Suspiras y me detengo en tu respiración agitada… Me reinvento y no sé de dónde saco la fuerza para recomponerme lo bastante como para caer en la cuenta de que tú estás vestido. Me he perdido tanto en ti que me he olvidado de las normas básicas que van de la mano de la penetración. No me vale verte así. Te quito la camiseta y beso tu cuerpo. Con ganas. Con hambre. Desabrocho tus pantalones y empiezas a recuperar tu erección. Eso lo quiero para mí. Eso es mío. Y lo quiero en este mismo momento. Nace de mí ese instinto devorador que busca alimentar su deseo. Te desnudo y te tumbo y me coloco sobre ti. Reconozco que sé que buscas dejar entrar en ese lugar donde has bebido hace a penas unos minutos pero no es lo que quiero. Te miro y me quedo quieta. Paras. Te miro y te quiero con todo el silencio que soy capaz de esconder en mis ojos.

No sé qué clase de engaño es este… Me vuelvo delicada. Te beso lentamente y me entretengo. Los lóbulos de tus orejas. Te muerdo. Tu cuello. Gimes. Repaso tu clavícula con la punta de mi lengua. Te tensas. Te endureces. Me importa bien poco porque ahora tú eres mío. Acaricio tu pelo mientras beso a beso me pierdo en tu cuerpo, que convierto en mi catedral. En mi mapa. Tu torso. Tus ombligo. Tu vientre. Hasta que tu pene me toca la cara. Te agitas. Quiero que supliques y sé muy bien cómo conseguirlo. Me regaño y me ignoro a partes iguales. Soy dueña de eso que tú vas a darme. Ese sonido gutural de mi garganta te hace creer que tú llevas el control y pones tu mano en mi cabeza para empujarme. Paro en seco. Tu mano me suelta. Levanto mi cabeza y te miro y muevo mi cabeza de lado a lado negando. Me muerdo el labio y lo leo en tus ojos “trágatela entera”. Me sobran tus palabras. Yo quiero el silencio roto por tu locura. Te obedezco y me hago bondad. Mi boca recoge cada centímetro de ti hasta que mi garganta no soporta tanto embiste loco. Respiro porque no me importa. Yo lo quiero todo. Te quiero todo. Y comienza tu tormento cuando cubro con mis manos lo que mi boca no recoge. Te presiono suave y decidida. Te como todo entero. Y repito chupando, deseo más y más, me vuelvo depredadora de cada gemido que se te escapa hasta concentrarse en un ritmo constante. Así te quiero. Loco y desquiciado. Te cojo la mano con una mano y no paro. Tiemblas. Mi boca nota ese fluir preludio de un perderte. Así quiero tenerte, a punto. Jadeas. Jadeas. Jadeas y paro.

Te encoges. Sonrío. Te miro. Me agarras fuerte la mano.

-¿Qué deseas?

-Tu boca, joder.

-Dime qué quieres.

-Quiero tu puta boca.

-Sé mío.

-Yo soy tuyo. Soy tuyo. Siempre he sido tuyo.

 

Tus palabras se me clavan y me empozoñan… Tomo lo que es mío por voluntad y jadeas. Te lamo y te excitas. Te endureces entre la fricción de mi mano y decido que vas a ser gratamente satisfecho. Me meto tu polla en mi boca y no me detengo. Y se repite el proceso y tú acumulas más deseos. Acompasamos el ritmo de tus caderas que se lanzan hacia mi cara con el subir y bajar de mi boca. Te pierdes… Y gritas. Y estallas dentro de mí regalándome lo que tanto he deseado, lo que he querido desde el principio del acorde de seis cuerdas pulsadas que me acariciaban. Te corres hasta donde no se ve mi garganta y mueres. Tu peso a plomo cae sobre la cama. Pero quiero que esto lo mires bien y te hago un gesto con la mano para prestes atención a mi cuello que se contrae, dejando que todo el líquido que he guardando en mi boca caiga por mi esófago. Caliente. Salado. Y cuando te trago, me relamo. Tú te avalanzas sobre mi, me abrazas y me besas… Me besas, me besas y te beso como una chica tonta y loca por quien tiene delante.

 

Esa maldita guitarra tuya me dice que nuestro reflejo anoche…


 

 

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