Invisible

Frío de enero. Me aburro, mortal. No puedo evitar pensar en las heladas que crecen en el transcurso de la noche. Vuelta y vuelta en la cama y decido encontrarte.

Cometo mi primer error, teclear mi nombre prohibido y el segundo instantes después, verte a ti.

Un niño bonito, pienso, todo esto es irreal, todo esto es ridículo. Un muñeco sonriente a modo de saludo y ese sonido curioso que abre una ventana y me dice hola. Buenas noches.

Primera vez que sonrío, primeras horas de un recién estrenado sábado. Preguntas rutinarias, educación ante todo y ante la evidente atracción, continuo jugando a saber más, sólo un poco más. Cada palabra que aparece en mi pantalla se convierte en sonrisa y cosquilleo, en nerviosismo y excitación y de repente pasan los minutos como si fueran invisibles, como si no existieran en la medida del tiempo y un segundo después te vas.

Despierto de nuevo, ¿fue un sueño? Creo haber hablado con alguien. Me fijo en la ventana de mi habitación y el vaho empaña el cristal. Poco a poco el radiador se calienta y oigo el agua discurrir por las tuberías de cobre frías. Sueño y tiempo invisibles, creo.

No cuento los días, simplemente pasan como siempre han hecho y un día de esos en los que me encuentro aburrida mortalmente, te encuentro. Vuelvo a mirar tus fotos y me reafirmo en mi idea primera: este chico está muy bueno. Mi pulso se acelera con tu contestación y mi estómago se da la vuelta mientras en mi rostro estúpido se dibuja una sonrisa. Quiero saber más, sólo un poco más; tú me das permiso y me animas a creer que podemos transformar la ilusión en algo táctil. El tiempo planea en mi cabeza y fija su vista en el viernes. Duermo cada noche pensando en cómo hacerlo bien para que me hagas tuya un momento y duermo pensando en cómo será encontrarme con tus ojos oscuros y con tu sonrisa pícara.

A mitad de semana el tiempo se complica y mis miras se oscurecen en el transcurso de la jornada. Tú no lo sabes pero me digo, ¿por qué haces esto? Soy presa del pánico, de repente no te quiero ver. Me das miedo porque eres un niño bonito y yo no sé si seré capaz de partir de cero una vez más. Pero en una de estas, mientras yo estoy en una sala de espera dentro de un aburrimiento mortal, me dices hola y todas mis dudas se derrumban y comienzan a volar hacia el suelo como aviones de papel. Te cambio viernes por sábado. Tú me dices que por ti está bien. ¿Entonces somos compatibles?, pregunto. Mucho más de lo crees… Cosquilleo. Quieres saber cómo vestiría por ti, quieres saber hasta dónde estoy dispuesta a llegar y dejo tu duda pendiente de respuesta hasta que el sueño pase a ser un hecho tangible, contable.

Esa noche hace frío. Pienso en ti. No duermo. Mi mente se dispara y me convierto en una sombra del deseo. Imagino exactamente cómo me arrimaría a ti, cómo trataría de probar tu cuello, cómo me deslizaría entre tu ropa, cómo te miraría y cómo haría de ti mi objeto de tortura más cruel. Una caricia, dos, tres… mirarte y respirar. Volverte a mirar y decirme basta. Basta de torturarme con la mirada de un niño tan bonito. Respirar y endulzar mi boca con tu aliento para rodear tu nuca con mis dedos y apresarte conmigo en un tiempo invisible. Eres pura atracción y puro deseo de un momento.

El tiempo se derrama del reloj interminable e impasible. No vuelvo a escuchar sonido curioso. No vuelvo a ver dibujo sonriente. No leo ni un hola ni un adiós. Y me pregunto, ¿será sueño? Pero tú estás en ese lugar gigante perdido, sin contestar.

Te pido una respuesta y me miras como si miraras el viento, he pasado a ser invisible a tus ojos. Dejas el vacío de mi ilusión en una sensación de estupidez constante y me reprocho aunque te busque para encontrar explicación. ¿Será que las sombras de Shakespeare nos rondaron aquella primera vez? ¿Será que sólo soñé? Y enseguida pienso, ¡qué idiota es este chico! Me habría vestido de fiesta por ti. Te habría dejado perplejo, aturdido, sorprendido, ligero, entusiasmado, loco, tremendo, animado, rojo, perverso, frágil, descansado, alegre, deseoso, excitado, desnudo y dormido. Pero eres un sueño nada más, te muestras irreal y yo…

Yo sólo soy la sombra invisible de un niño bonito al que me pareció ver una noche de frío templada por el sueño.

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