Nunca fuimos precipicio

 

A veces ocurre que todo es desesperación, ansiedad, un golpe de emoción en el pecho, ganas de romper la distancia con los dientes, sangre alborotada corriendo brava por las venas, desastres naturales, una voz rota al otro lado del teléfono, una bocanada de aire que te devuelve a la vida, el grito que retumba entre las paredes de una habitación llena de sexo sucio y jadeo…

 

Podríamos haber sido todo eso pero no, nunca fuimos precipicio.

 

Fuimos la oportunidad estropeada por quien rehúsa la mentira desde lo más profundo y que retiene para sí la locura en la que a veces convierte el mundo. Fuimos silencios observando la calma de quienes no vibran estando juntos. Fuimos la excusa de una soledad mal planteada desde el principio y un abandono a lo debido. Dos personas extrañas que no se extrañan.

 

Podríamos no haber sido todo eso pero nunca fuimos precipicio.

 

Porque de pocas cosas fieles sé, de pocas reales, de muy pocas por las que me convertiría en valiente. Pero de precipicios

De un precipicio sé que nace de dos cielos. El precipicio perfecto donde refugiarse de la monotonía de un camino siempre árido y aburrido. Un lugar donde los vuelos altos, los saltos sin paracaídas, los mares recorridos a pleno pulmón, las carreras por la selva con los pies descalzos, los tragos a garganta abierta, las palmadas con fuerza y ritmo se viven sin miedo y con fuerza. Un lugar donde se esconden los besos robados de dos cielos que hacen de las suyas y que al unirse, resultan ser un enorme precipicio en el que diluirse para conseguir ser al fin, un pedazo de eternidad en el tiempo. El precipicio de dos bocas extasiadas de tan poco besarse, de dos cuerpos permanentemente difuntos ante la ausencia. El precipicio de cuatro manos atareadas buscando la desnudez al encontrarse sus cielos. El precipicio de los pechos que en su centro retienen el alma cuando su alma ya anda convertida en esa transparencia que existe en lo profundo de un cielo venido a más, un cielo sumado a otro cielo, que al unirse crean precipicio, un precipicio que comienza a retorcerse hasta contraerse de nuevo en dos que, existan como existan, permanecerán unidos.

Porque dos cielos capaces de cruzarse, de observarse, de detenerse y de atreverse, resultan ser ese agujero que nunca más se cose, un precipicio que se hace herida, que deja marca y se perpetúa primero en la piel que eriza, después en la carne que revive para clavarse en las vísceras de uno; ese oscuro lugar interno lleno de luz por momentos y de alegría a veces envuelta en lascivia.

 

Podríamos haber sido todo eso pero tú y yo no, nunca fuimos precipicio.

 


Audio recomendado: The river sings (Enya)

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: