Nuestra clase nos espera

Valdetorres duerme bajo el manto frío de las noches de Noviembre. ¿Debo levantarme para madrugar? No ha amanecido aún y mi clase me espera.

El círculo encierra todos nuestros secretos y en mitad de los días donde caen las hojas y se marchitan las flores, te encuentro. En el concurso de palabras bien dichas, de dichos típicos, hay un chico que repite las mismas tonterías vez tras vez. Me mira y se ríe. “A buen entendedor, pocas palabras bastan”. No mastiques chicle o la pagas. Nada importa cuando la sangre corre veloz a golpes de carrera portería arriba, portería abajo. ¿Podrían los días ser infinitos cuando los niños juegan? Cuchicheos, palabras necias, el gran círculo en el que cantamos para dar un beso en la mejilla a alguno de los que están a nuestro lado y, sin embargo, no podemos para el tiempo… pica, pica la flor. Un mensaje en la ventana al final del largo día: mañana te veo. Sevilla palpita en las cartas que nos enviamos. Eres ganador, un rubio de ojos castaños que me trae de cabeza como el perro al gato porque no te aguanto y tampoco me imagino estar sentada frente a la pizarra sin que tú me estorbes. Un paseo en el Retiro, gran día de Mayo. Eres uno de esos que cantan de nuevo en mi ventana, echas los mayos con el profesor de matemáticas. No importa que sea de madrugada porque mañana es fiesta. ¿Son los días tan cortos como nos enseñan?

Te odio un año más y de repente me inquietas. Espérame a la salida, tú sola. Deprisa, nervioso, me das una nota y corres. No importa cuánto te odie, me esperas. Mañana dices tu respuesta. Una foto bien hecha y una confesión: a veces te trato mal porque pienso que eres bella. Te sueño a menudo y de soñar despiertan esas cosas raras que revolotean por mi cabeza. ¿Quieres ser mi novia, la primera? Me dejas atónita y si no fuera porque los días corren en nuestra contra, te mataría, porque eres pesado, divertido, charlatán, chivato, rubio, castaño, de mi altura, replicón, colega, estúpido, ingenioso y niño. Pero no, te odio demasiado y, sin embargo, no te olvido. No esperas que te niegue y me odias tanto como yo a ti. Te vuelves en mi contra, me incordias y te rebelas aunque me sigues mirando a escondidas, cuando yo me doy la vuelta.

Siguen las clases su curso, yo apruebo, tú apruebas y nos reencontramos en séptimo mientras nuestra clase nos espera. ¿No se han detenido los días en el patio de la escuela? Hemos crecido algo pero nada cambia en esos días. Todo se repite, todo da pereza. Quiero que termine el curso y al final, todo llega. Otro estirón más y te encuentro de nuevo. Esta vez es diferente. Esta vez es la última. Ya no hay corros sentados, ahora todo son prisas. Somos rebeldes, somos mayores, los responsables, los que dan vueltas hasta el campo de fútbol donde paro las pelotas y corremos en la arena. Es invierno y Don Eloi nos explica algo de reyes vestidos, de cuentos, de Américas, un Cristobal Colón que descubre la inmensidad de la tierra. Yo estoy detrás y tú con Aguilar sentado. Pasamos juntos nuestro último curso en el Aramburu.  ¿Cómo podemos vivir tan deprisa cuando aún no ha tocado la sirena? El chico nuevo compite contigo y mi corazón se pleitea. Paso vergüenza en clase, copio en naturales y todo es pelea. “Yo quería contigo y tú como siempre me niegas”.

Retaila de nombres y apellidos esperan cuando Don Antonio pasa lista. Té con pastas, por favor, de etiqueta: niñas falda, chicos corbata. Vas muy guapa. Niño tonto, ¿no ves que todo es ridículo? Paso el resto del curso pensando si no fue mentira que quisiera decir sí y se me escapara un no como respuesta. Pero ese es mi secreto aunque yo te fastidie el año. La excursión a Aula indica que se dividen los caminos. Se acabaron las peleas y todo lo que nos rodea. Ya no somos tan niños, ya vamos por nuestra cuenta. Sigues teniendo una bonita sonrisa pero te odio y me deseas. Nada es posible en estos días que han dejado de contar sus horas. ¿Pueden las noches valdetorreñas seguir cantando sus nanas?

El verano se acaba y el invierno me acecha. Valdetorres se encoge cuando el frío llega. Pasan los años y nos olvidamos de las cuentas. Ya no somos niños, ya somos mayores. Qué pena. Tú vuelves a mi vida con mi hermana y sus problemas. Te has vuelto torpe, ciego, bruto, soñador, adicto, estúpido, dejado, mudo. Ya no dices nada y los secretos se guardan como cuando íbamos al colegio, como si no hubiera pasado nada. Te hundes en el declive de los que se pasan de la raya. Todo te da igual. Yo me pierdo en mis lagunas lejanas. Tu camino y el mío se alejan y nos perdemos en el recuerdo. Hasta un duro invierno en el que decides echar el vuelo en mitad de la carrera.

Déjame decirte algo, antes de que te despidas: yo no te odié, al fin y al cabo. Éramos unos niños que corrían contra el viento, éramos a veces niños, a veces sólo éramos. En Valdetorres siempre hace frío y en Noviembre nos escondemos, del dolor, del deseo, de las mañanas sin sus recreos.

Despierta Manuel, despierta. Hoy todos somos críos y nuestra clase nos espera.

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