No sabes

Ya no sabes si verás el sol. No te importa demasiado. La cuestión ahora es correr. Corres con intensidad y eso te duele. Te duele porque los músculos de tus piernas se han ido tensando a medida que has imprimido velocidad a tus pies, convertidos en materia dura, listos para dar el salto. De hecho, no sabes si corres o vuelas. Has dejado de sentir tu corazón chocando contra tu interior. Sólo sientes que ahí dentro hay fuego. No eres consciente de cuánto aire pueden albergar tus pulmones. Tu nariz se ha quedado pequeña y se ayuda de tu boca, que abres robando todo el aire que puedes. Quieres pero no miras atrás. No miras atrás porque sabes que si están demasiado cerca, terminarás tropezando y te atraparán. No miras atrás porque ya sudas demasiado miedo. Sobretodo, no miras atrás porque hay cien sombras de lo que un día fueron hombres que han olvidado quiénes son.
Frente a ti se termina la tierra. Estás llegando al límite que existe entre el suelo y el cielo. Querrías que en las fronteras en las que te manejas hubiera mar. Así podrías beber, aunque fuera algo salado. Pero no. Hoy no hay mar, no hay tierra y tampoco ves que esto sea el cielo. Y todo termina a tus pies, a penas unas zancadas por delante de ti. No sabes qué hacer, si sucumbir al terrible olvido de saber quién eras o si saltar.
Saltar no es una mala opción para a quien morir ya le es indiferente.

(Inspirado en la novela Más allá del purgatorio de Germán Ubillos)

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