Mía

Foto de Ferrán Jordà
Foto de Ferrán Jordà

Deja de mirarme así, ya te lo he dicho. Sí, te hablo a ti, tú que lees lo que escribo. No entiendo esa costumbre espantosa de querer saber lo que otros piensan, lo que les pasa… es absurdo. Aunque aprovecharé que tienes esa asquerosa manía para contarte lo que me dijo quien tú ya sabes cuando me vio.

Era doce de marzo, eso lo recuerdo muy bien. No era ni de día ni de noche. Era ese momento en el que el cielo se cubre de una tela lila llena de puntos suspensivos. Por supuesto ella ya me estaba esperando. Yo lo sabía aunque me costaba reconocerlo. En ese preciso instante sentí un miedo extraño, como el miedo al vacío, a la nada. Pero la vi de repente, moviéndose como sólo ella sabe hacerlo, clavando sus preciosos ojos marrones en mí, invitándome a seguirla. Eso me hizo el camino más fácil. Por eso di un paso más y otro y otro hasta que apareció quien tú ya sabes.
Quien tú ya sabes me sonrió, sí; y sentí ese nudo en el estómago. Extendió el brazo, invitándome a entrar; y cuando llegué a su altura la posición de su mano cambió indicándome que parara.
“De sobre todas las cualidades de los humanos, hay una que me llama la atención sobremanera y es la facilidad que tenéis de complicar tanto vuestra existencia, hasta el punto de desear morir”.
Oí atentamente su afirmación y, a decir verdad, nunca había reparado en lo cierto que era. ¿Por qué un hombre querría desear morir teniendo una vida tan corta? Te diré la respuesta.

Llevaba cuatro días nervioso, viendo llover continuamente. Eso lo hace peor. Estaba dentro del coche esperando a ver si aparecía. Qué nervioso estaba. Era la primera vez que me gustaba alguien de verdad, de esa clase de verdades absolutas. De esas verdades en las que cabes entero. Era una verdad muy grande porque Silvia era muy guapa. Tenía el cabello castaño claro y sus ojos eran profundos. No sabría definir el color, sólo sé que son profundos. Habíamos pasado la noche del domingo juntos, sólo hablando. Nunca había hecho algo así, sólo hablar, horas y horas, solamente hablando sobre todo, la vida en general. No suelo hablar de esas cosas pero ella hacía que fuera sencillo. Ella habla muy bien, mejor que yo, claro que no hace falta ser un lince para saberlo. Ella es secretaria y yo… soy albañil. Bueno, era. Bueno soy pero ya no trabajo. Silvia es más lista que yo. Tenía puesto el limpiaparabrisas del coche, no veía nada, todo era borroso, más aún, y justo cuando me decidí a bajar, apareció. Llevaba un pantalón gris muy bien planchado y el abrigo le llegaba por debajo de las caderas. Tenía los guantes puestos. Sujetaba el paraguas, tratando de luchar con el maldito viento. Aún así me quedé embobado mirando cómo bailaba su cabello suelto, cayendo por su espalda… era un poco cómico, seguro que ella lo estaba pasando mal pero a mí me parecía perfecta. Arranqué el motor y me situé a la orilla de la acera donde se encontraba ella, al otro lado de donde yo estaba aparcado. Tenía las mejillas rojizas y una nariz perfecta. Respingona y roja en la punta. Perfecta. Sonrió al verme y me sentí raro. Sentí un calor repentino que tuve que controlar, más que nada para no quedar en evidencia. No paraba de disculparse porque le costaba cerrar la puerta; bolso, abrigo, bufanda, paraguas… estaba preciosa. Cuando se acomodó y pudo cerrar se inclinó, esta vez con más rubor en las mejillas, e hizo el gesto de darme dos besos de los que uno fue a parar a mis labios por error. Fue un beso fugaz. Algo ínfimo que me supo dulce. Fue nuestra primera tarde juntos.

Yo he deseado morir. No es difícil desearlo, no cuando eres humano. Eso fue lo que me dijo quien tú ya sabes. ¡Cuánta razón tenía!

La lluvia no duró siempre y las tardes se fueron alargando más y más, hasta tocar la luna con el sol. Esas cosas pasan cuando caes en lo absurdo. Pierdes el sentido y la noción. A mí no me importaba pero Silvia solía poner pegas porque debía cumplir con sus responsabilidades laborales. Siempre usaba esas palabras raras. Lástima que a mí no me bastara con pasar juntos las tardes y los fines de semana. Era demasiado poco para todo lo que tenía dentro. Sentía que sujetaba un manto con mis manos y que debía extenderlo hasta ella, cubriéndola, protegiendo su cuerpo, cerca del mío, sin posibilidad de separarnos. A veces jugaba a eso con ella en la cama. Cogía la sábana con mis manos, la estiraba al máximo hasta tensarme por completo y entonces la acurrucaba hacia mí, deteniéndome a respirar el aroma de su pelo, fijando en lo profundos que eran sus ojos, derritiéndome de calor junto a ella. Todo en ella era perfecto. Todo menos su asqueroso trabajo.

Comencé a volverme un poco loco. Dejó de cogerme el teléfono a medio día y eso que insistía e insistía, sólo para saber que estaba bien. La culpa fue de su jefe. Ese maldito cabrón lo estropeó todo. Silvia nunca me lo quiso reconocer, pero estoy más que seguro que ese hijo de la gran puta la rondaba. Lo sé porque cualquier hombre haría lo imposible por pasar, aunque sólo fuera un rato con Silvia. No miento cuando digo que ella era perfecta. Pero su jefe empezó a obligarla a hacer horas extras. A veces le daban las ocho y media de la tarde y ya no tenía cuerpo para rumbas. Normal.
Un día decidí que aquello debía acabar. Me quedé esperando a que aquel bastardo bajara del despacho. No me costó reconocerlo, iba bien trajeado y olía asquerosamente bien. Odio a esos tipos. Se creen los reyes del mundo y sólo son ratas. Se lo dejé bien claro. El portal es un sitio ideal para propinar un buen puñetazo. Él sólo pudo asentir. Eso creo. Pero algo debió de fallar. Silvia tampoco me contestó por la noche y eso me preocupaba más.

Las horas fueron ciclos eternos de angustia. Una tras otra caían en el tiempo como piedras pesadas de las que uno no se deshace fácilmente. Me costó mantenerme despierto pero lo logré. Tenía el teléfono en la mano pero el maldito no sonaba, sólo la estúpida voz mecánica de una mujer a la que le faltaba un buen polvo. Siempre repetía lo mismo: “su buzón de voz está vacío”. Creo que en ese momento comencé a ver las cosas meridianamente claras.

Me metí de nuevo en el coche. Olía un poco mal, se me había olvidado que debía ducharme. No me importó demasiado. Me quedé en la esquina, agazapado entre Audis y Volkswagens. Los conté todos. Dos polos, mi golf, un A3 y un Q5, entre varios Seat, Nissan y otro montón de coches inservibles. Y allí la vi a ella. A las diez de la mañana entraba dispuesta a comerse la jornada, creo. Aguanté como un campeón destrozado otro montón de horas inútiles. ¿Se me había olvidado decirle te quiero? No me acuerdo. ¿Y si no le gustó que le mandara tres ramos de flores? Llevábamos tres semanas viéndonos, había que recordarlo. ¿No le habría regalado ese mezquino alguna joya? Me lo podría haber dicho y me hubiera empeñado por ella. Creo que la cosa fue que no supe decirle cuánto me importaba. Era demasiado. Demasiado para mí, para alguien como yo. Pero en el fondo de mí, en un fondo que sólo ella llegó a tocar, sabía que el único que podría protegerla sería yo. Sólo yo podría cuidar de ella como se merecía. Era imposible que nadie hiciera más grande el hueco de la verdad. Esa verdad que yo sólo sentí con ella.

La muestra más grande de amor es la muerte. No hay que tener miedo, no es un final sino un principio. El principio de una eternidad juntos.

No tenía hambre. El sol había caído hasta esconderse en los edificios altos. La ciudad es un lugar extraño. Roba luz y quita tiempo. Me había hecho sangre en el dedo pulgar de la mano izquierda. Me pasa a menudo, cuando estoy nervioso. No me gusta tener pieles alrededor de las uñas. Son buenas aliadas a la hora de querer ver morir los espantosos espacios en blanco. Conseguí quedarme hasta verla, una vez más.
Al verme, no me sonrió como siempre, aunque sonrió. Esa fue la clave: alguien la estaba vigilando. Seguro que era él. Le guiñé un ojo y la invité a montar en el coche. Me dijo que no con cara rara. Maldita sea, pensé. Ese cabrón la tiene bien cogida. Decidí que era momento de actuar. Le pasé el brazo por el hombro, y la dirigí al coche. Ella insistía en que no, pero yo ya sabía que lo hacía para no darle motivos a su jefe. Menudo estúpido, como si un hombre no supiera cuándo no le gusta a una mujer. Estaba completamente aterrada. Aquello no podía continuar así. Sólo estaría segura conmigo y yo no iba a permitir de ninguna de las maneras que ella lo pasara mal. La llevé a mi casa. Al principio se resistió pero le prometí que todo pasaría rápido. Hay veces que el tiempo corre demasiado. Es algo que no entiendo. El tiempo, ¿por qué no se pone de acuerdo en establecer un ritmo? A veces me marea.
Silvia estaba pálida. Vi cómo intentaba coger el móvil a mis espaldas. Será hijo de puta, me dije. Sigue molestándola. Le quité el móvil y Silvia se echó a llorar. A partir de ahí sí que no supe controlar el tiempo.
La estreché entre mis brazos, con fuerza, debía sentir que yo cuidaría de ella, sólo estaría segura conmigo. Cada vez sollozaba más. Le pedí que se calmara pero no hacía otra cosa nada más que llorar y balbucear. No entendía lo que decía. Debía calmarla o le daría un ataque. La llevé al sofá y le dije que se calmara, que ya pasaba todo. Continuaba agitada. Mis manos empezaron a sudar y comencé a sentirme extraño. Ver cómo lloraba era algo que me resultaba doloroso. Le tapé la boca y me acerqué a su oído: “no llores mi amor. Haré que desaparezca. No te pasará nada. Yo siempre voy a estar contigo. Te quiero Silvia, te quiero más que nada en el mundo. Tú eres mía, ¿entiendes? Mía, tú siempre serás sólo mía. No hay momento en el día que no quiera pensar en ti, eres todo. Ya sé que yo no soy nada pero te juro que haré lo imposible porque siempre estemos juntos. No te preocupes, amor, haré que el tiempo se pare para que nos quedemos como ahora, juntos. Daría lo que fuera por respirarte cada instante, eres tan dulce…” Silvia dejó de gimotear. Ya no lloraba. Sus brazos habían dejado de hacer fuerza contra los míos. Por fin se había calmado. La miré a los ojos, que estaban fijos, y me paré a observar detenidamente su color. Los tienes marrones, le dije. Pero Silvia no me contestó. La besé en los labios, lentamente, pensando que quizá quería jugar a las princesas. No respiró. Al principio me parecía normal, antes había respirado demasiado, pero empecé a notar que algo fallaba. No parpadeaba y tampoco me miraba fijamente como sólo ella sabía hacer. Entonces oí su voz. Sí, su voz. La de quien tú ya sabes.
“Sólo hay una manera de estar con ella”.
¿Cómo no me había dado cuenta? ¡Era verdad! Era una de esas verdades gigantes, de las que son enormes, una de esas verdades en las que caben dos almas idénticas, hechas la una para la otra. Bueno, no me echarían de menos en el trabajo porque no tenía. Tampoco mis padres, que estaban hartos de decirme que no servía para nada. Estaba claro: Silvia debía ser mía para siempre.

Miré por la ventana. Era doce de marzo. No era ni de día ni de noche cuando vi que Silvia me estaba esperando para ser sólo mía.

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