Mentiras al mar

Mentiras al mar

 

He venido a contarle mentiras al mar… Es tarde o quizá es temprano. Supongo que todo depende de quién lo diga. Poco importa ya. Aquí me tienes, rompiéndole olas a este otro mar con mis dos pies humanos.

Creo que cuando me he desnudado las piernas, cuando he tocado la arena y he sentido el frío recorriéndome las extremidades, creo que entonces he recordado que yo alguna vez solía escaparme a la playa sin que nadie lo supiera. Me parece que eso fue en otra vida. En esa otra vida mía en la que se suponía que debía ser feliz y estar agradecida; de hecho, eso era algo que me repetía continuamente  para poder creérmelo un poco y hubo ratos en los que llegué a asumir como ciertas mis propias mentiras, como la que solía susurrarme frente al espejo de mi habitación, “este es tu lugar”. Puede que encontrara relativa paz en mis mentiras.

Pero cuando escapaba e iba a contarle mentiras al mar… El mar me acariciaba los pies, semi-muerto. Se mecía de la playa a lo profundo con la cadencia propia de quien no lucha ya nada en la vida. Quizá buscaba mi alivio en la furia de su cuerpo como la muestra suprema de que no erraba en mi camino pero, a su manera, el mar me dijo que lo cierto era que lo que veía no era otra cosa sino el reflejo de mi propia alma. Un alma que se había dado por vencida a base de mentiras y más mentiras… y de muchas ruinas. Fue entonces cuando viéndome herida y casi muerta en aquel mar, decidí dejar de engañarme frente al espejo de mi habitación. Le rompí la partitura a mis mantras y por una vez me permití preguntarme si reconocía mi lugar. Se hizo un agujero en mi garganta y de mi espalda nació lo que sería la primera pluma de mis alas.

 

No sé si es tarde en esta playa. Quizá sea temprano. Poco importa lo que nadie tenga que decir a ese respecto. Aquí me tienes, rompiéndole olas a este otro mar con mis dos pies humanos.

He venido a contarle nuevas mentiras al mar… Le he dicho que estoy segura de que este no es mi lugar. Que lo sé porque le he visto los pensamientos a tu almohada. Tal vez fuera una tramposa anoche y, después de la guerra entre tu cuerpo y mi cuerpo, me quedé prendida de ti dormido.

Le he contado al mar que este no es mi lugar porque cuando llegué, iba solo medio decidida a cruzar la ciudad entera para verte a ti. Le he contado que le hervía la sangre a mi piel. Que mis ojos ya tenían sed de verte sin haberte visto y que mis últimas semanas fueron un sinvivir entre las mordidas de mis labios frente a la ausencia de tu dedo besándomelos. Que cada noche la viví en vela para hablarte en voz bajita y replicarte cada palabra para divertir a todos esos dragones que despertaron de repente dentro de mí.

Le he contado al mar que… que me quedé a dormir anoche en la risa que nos regalamos en aquel rinconcito de la taberna. Que poco tenía ahí que ver la cerveza, que era más bien un plan que le esconde el universo a dos almas rotas que se sorprenden con la condición de no hacerse promesas. Que tras tan poca hambre sí hubo apetencia de manjares menos delicados que los que me fui llevando obligada a la boca, atenta a tu respuesta. Que se me atrapó en el estómago una voraz devoción por probarme en tus labios. Que me vestí de cien vergüenzas con cada mirada tuya a mi escote seguido del reproche que le mostraste a mis labios para darme tormento con esa cobra que le hiciste a mis ojos cuando fueron a mirarte de reojo.

Le he contado al mar que ayer… ayer me olvidé de las buenas maneras de las chicas de bien. Me olvidé de cómo se sujeta una copa, sin sostenerla con el dedo meñique; me olvidé de cómo se le dice que no a la gula que le amanece a la lujuria de mis avaricias. Me olvidé también de decirle a mis demonios que nada de romperme el cuerpo en tu colchón. Me olvidé de someterme a la gravedad con mis dos pies humanos en esa canción y me sostuve sobre tus brazos hasta que te tuve nariz con nariz, respirándonos.

Le he contado al mar que yo ayer… ayer me dejé desnudar por ti. Que me vi perdida al cruzar la puerta de tu salón. Que mis dos pies humanos, esos que ahora le andan rompiendo las olas a este mar bravo, trastabillaron hasta tirarme al suelo contigo encima de mí. Le he contado al mar que tus manos son calor… Que tu voz es sustento de vibratos que retumban en mi pecho. El mar sabe también que me pierde tu forma de arañarme el deseo.  Que descuidas las formas conmigo cuando pasas de ser hombre a animal. Que eres capaz de quebrarle al tiempo los jadeos que van de tu boca a mi boca, envueltos en saliva. Que me desvives la razón y le haces el amor a mi locura con tanta desesperación que yo…

Yo no he dormido contándome frente al espejo de tu habitación que este no es mi lugar.

El mar sabe que yo anoche anduve bateando mis alas a tu alrededor. El mar sabe que fui libre. Sabe que cuando alcancé mi do mayor, le dije a tu almohada entre mis dientes que tenías la medida exacta para enmudecerme la garganta y llenármela de ti hasta el fondo, cubriendo mis agujeros. Sabe que tu almohada me contó anoche que tu sudor llevaba mi nombre alrededor de tus caderas inquietas. Sabe que mis dientes mordieron piedra hasta destrozarte entero. Sabe que no me importó el tic tac de tu reloj, que no me importó si en la agonía de la noche se nos oyó morirnos lento o rápido hasta hacernos inmensos. Este mar sabe más de ti y de mí de lo que sabemos tú y yo.

 

He venido a contarle mentiras al mar… Creo que sí que es temprano porque el sol me ha dicho que hay un sueño escrito en mi sombra nueva. Supongo que nadie vendrá a decirme qué hago yo a estas horas descalza en la arena, peleándome con las olas de un mar que no entiende de calma pero sí mucho de mi traición. Aquí me tienes, pensando en cómo fuiste verano entre mis piernas una noche de enero.

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