Me quedo con el vacío

Que la música nunca está demasiado alta cuando corres es algo que sabe todo el mundo que lo ha probado alguna vez. A mí no me bastaba sentir la arena húmeda bajo mis pies. Siempre he sido de querer más, hasta extasiarme. Dejarme los pulmones mientras el Mediterráneo me buscaba en mi carrera no era todo a lo que quería aspirar esa tarde de agosto plagada de un sol ya destinado a morir. Yo necesitaba latir más y más y vibrar.

Reconocí que estaba en el límite de Guardamar cuando vi el hotel blanco casi haciéndome sombra. Ocho kilometros y cuatrocientos metros eran recorrido suficiente para ponerle distancia a la vida de la que corría. En realidad los runners se escudan en otro eufemismo para no decir que lo que hacen cada vez que corren es huir un poco de sus vidas, tomarse tiempo para alejarse y probar a ser ellos libremente por un rato. Desde luego yo no iba a ser la que lo reconociera, por muy cierto que fuera eso.

La culpa de no escuchar nada fuera de mi mundo interior salvo esa canción en bucle que me protegía era precisamente eso, la música. Por eso no lo vi venir tampoco. Estaba yo sola conmigo misma y no esperaba a nadie más. Entonces me sobresalté cuando noté una mano en mi hombro desnudo. Al girarme el mundo se hizo inmenso, mi cabeza comenzó a buscar un recuerdo que lo reconociera y al mirarle a los ojos, lo encontró.

 

No me apetecía estar tumbada. Me agobiaba. Cuando me apoyé sobre el cristal, encendí el cigarrillo y di una calada que me supo a placer. Más placer. El humo es algo que nunca soportaba y lo apartaba con la mano aunque tenía su magia ver a través de él hacia la cama. Una de sus piernas estaba encima de las otras dos que sobresalían por fuera de la sábana. En ese momento caí en el detalle. Eran dos preciosas piernas femeninas, perfectamente rasuradas y ligeramente bronceadas. Fruncí el ceño. No me gustaba nada lo que estaba viendo. Su pierna no tenía por qué estar ahí. Protegiéndola. Haciéndola suya de esa manera tan íntima. Me miró y sonrió. Jugó a acariciarle la espalda desnuda, apartando su cabello rubio. Di otra calada y apagué el cigarro en el cenicero de cristal de la mesa que estaba junto al ventanal. Podía ver perfectamente el paseo de la Castellana desde el gigantesco ático pero Madrid no podía verme a mí. Le di un trago a la copa de cava semiseco con martini bianco. Un trago largo. Un trago agonizante que significaba dos cosas: estaba sedienta y profundamente enfadada.

Él abrió sus ojos hacia mí. Su gesto me suplicaba que fuera con ellos pero no estaba obediente. Es más, ver que ella despertaba y se acurrucaba en su pecho terminó conmigo. En ese preciso instante ocurrió algo que jamás reconocería que pasó fuera de aquellas paredes. Apareció alguien que no era yo pero que actuaba en mi nombre. Y cuando digo que era alguien que no era yo quiero decir precisamente que me sentí poseída por alguien en quien no me reconocía aunque obviamente era yo en un límite de mí misma que nunca antes había pisado.

Me abalancé hacia la cama. La aparté de él empujándola del hombro, me puse encima de ella ante su atenta mirada sonriente que le hacía vencedor pero que fue desapareciendo según observaba que me iba acercando a sus labios. Y me acerqué tanto que tuve el descaro de pasarle mi lengua sobre ellos a modo de lametazo rápido y sutil mientras la sujetaba de la nuca para que no escapara. Quería besarla y quería besarla con mi lengua dentro de su boca. La simple boca de una chica rubia cualquiera que no me importaba nada. Pero él no lo soportó y me empujó hacia atrás, justo cuando yo empezaba a abrir mi boca.

  • ¡Largo, vamos! -le gritó a la chica rubia.
  • Tranquilo, ¡eh! Ha sido ella quien ha venido a besarme. Yo no toqué sus labios en todo este tiempo.

  • ¡Que te largues ya, hostia! -le repitió tirándole a la cara la ropa que acababa de recoger del butacón. – Esto es suyo, ¿no? -me preguntó.

 

Yo estaba tumbada sonriendo ampliamente. Le hice un gesto afirmativo con la cabeza mientras me mordía los labios y me movía hacia un lado y otro de la cama, sensual. Como una de esas gatas que celan un macho arrastradas. Miraba la escena desde mi zona de comfort sin remordimiento alguno. La chica rubia estaba rezando en lo que entendí como arameo y él llamaba al ascensor, envuelto de cintura para abajo en su esponjosa toalla blanca.

 

  • Los zapatos te los puedes ir poniendo en el ascensor.
  • Eres un maldito hijo de puta. No he tocado sus labios…

  •  

    Portazo. Morena 1-0 Rubia.

    Abrió la puerta de la nevera y cogió una botella de agua que dejó a casi la mitad. Estaba muy enfadado y yo estaba disfrutando de una manera extraña. Algunos me llamarían soberbia. Yo lo califiqué de orgullo. En cualquier caso, un pecado capital.

     

    • ¿Me puedes explicar a qué cojones ibas tú a besarla?
  • No.

  • ¿Cómo que no?

  • No tengo que darte ninguna explicación.

  • Claro que tienes… Y una muy seria.

  • Estas sábanas están llenas de sudor. -Las olisqueeé- ¿Cómo puedes sudar tanto? -empecé a sacarlas pero me detuvo al cogerme de las muñecas, con suavidad. Levanté una de mis cejas al mirarle.

  • Lo has hecho sólo por joderme. Le has pasado la lengua por la boca…

  • ¿Me sueltas, por favor? Gracias…

  • Bésame.

  • ¡No! Suéltame, venga.

  • Deja de morderte el labio, por Dios… Bésame.

  • Sabes que no voy a besarte, que mis labios no son ni para ti ni para nadie.

  • ¡Para ella sí! No me jodas. Necesito besarte. Necesito saber qué es besarte. No lo soporto más… -me soltó a la par que sus ojos me suplicaban. Yo lo estaba desquiciando y era algo que se me estaba dando bien, por fin.

  • ¿Sabes? Los hombres me hacéis mucha gracia. Lo queréis todo: queréis a una puta en la cama y a una desconocida en la calle. Se os ocurre pedir sexo oral, anal y todos los -al del mundo. Tríos lésbicos. Eso no acaba en -al pero me da i-gu-al. Y, ¿qué dais?

  • Placer mutuo.

  • Placer me ha dado ella… -le sonreí con una de esas sonrisas de emoticono que tanto me gustaba usar con él en whatsapp.

  • Venga, va… Que me consta que no tienes queja. ¿O sí? -su toalla resbaló hasta el suelo y empezó a tocarse. Quería que su miembro estuviera erecto y quería hacerlo rápido. A mí me importaba bien poco.

  • ¿Te acuerdas del primer día que quedamos? En febrero fue.

  • Sí, creo que sí.

  • Te pregunté claramente qué querías de alguien como yo y me lo dejaste muy claro: no busco nada serio. No soy de los que se comprometen. Prefiero que cada uno tengamos nuestra vida y si alguna vez queremos los dos, coincidamos. Tu cuerpo, tus normas. ¿Y recuerdas qué te respondí cuando me preguntaste qué buscaba yo?

  • Pues la verdad es que no lo recuerdo con detalle. Sólo sé lo que pasó después.

  • Pues como tu memoria es muy selectiva, te lo recuerdo. Te contesté que me parecía bien. Que yo no era chica de una noche, ni de dos. Que no me gustaban ese tipo de relaciones porque me parecían muy vacías y que yo siempre esperaba tener algo más. Que si un chico me gustaba de verdad, esperaba que supiera valorar otras cualidades mías que pesaran por encima del sexo.

  • ¿A dónde quieres parar, a ver?

  • Yo no paro en ningún lado. Paraste tú. Tu cuerpo, tus normas. Y lo acepté porque me pareciste un chico muy mono y me quedó claro que no debía sentir nada más por ti. Pero yo también tengo normas y lo sabes.

  • -¡Es una puta norma estúpida!

    • Mi cuerpo, mis normas. ¿Que te gusta? Bien. ¿Que no te gusta? Es tu problema. Nadie te pidió repetir, fuiste tú quien vino a mí.
  • Haz el favor de dejar las putas sábanas que me estás poniendo nervioso. ¿Qué te cuesta un maldito beso?

  • No es por lo que me cuesta.

  • ¿Qué quieres? ¿Una relación? ¿No ves que es una gilipollez? No puedo creerme que tú no te mueras por besarme.

  • No soy yo quien está suplicando un beso.

  • ¡Por favor! Estamos en mayo, nos hemos visto con esta, ¿seis veces?

  • Yo te dije que te complacería sexualmente todo lo que desearas pero que mis labios no me los tocarías. Es más, te pregunté varias veces si estabas seguro de que lo que querías era eso y me dijiste y cito: “yo me quedo con el vacío del sexo, el amor se lo dejo a otros, a los románticos”. ¿A esos que no existen? Te dije.- Puso los ojos en blanco y resopló. – “Y dejemos los besos para los enamorados…”

  • La tarareaste bien.

  • Sé hacer muchas cosas bien.

  • Sí, tocarme los cojones.

  • En eso soy experta.

  • En realidad me habría gustado decirle “también sé y puedo quererte bonito” pero no iba a servir para nada más que para torturarme sabiendo que yo me moría por lanzarme a sus labios, y besarle como una loca, como la loca en la que me había convertido. Esa loca que estaba tan lejos de quien yo creía ser. Una loca que había aceptado hacer un trío con una chica a la que no conocía sólo por complacerle. Una loca que a solas lloraba y se sentía mal porque sabía que no le valía para nada más. Una de esas chicas locas que se quedan embobadas viendo a parejas cogidos de la mano, a chicos comiéndose con los ojos a sus novias en los restaurantes, a otras que no son ellas con pulseras con un nombre grabado, sabiendo a promesas de cosas que están por venir.

    Entonces apareció la música en mi cabeza y también unas ganas tremendas por salir corriendo. Sentí agonía y mis labios ardiendo en deseos de imposibles.

    • Bésame.
  • No puedo. Lo siento.

  •  

    La música… Estaba yo sola conmigo misma y no esperaba a nadie más. Me sobresalté al notar una mano. Al girarme el mundo se hizo inmenso, mi cabeza comenzó a buscar un recuerdo que lo reconociera y al mirarle a los ojos, cuatro años antes, lo encontró.


    La canción en bucle con la escribí este relato…

     

     

    … Y la que ella le tararea.

     

     

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