Mar de olivos

6913859332_0c405f6b23_oEl mar nunca fue azul. No fue turquesa ni tampoco plata. No tuvo visos de ser dorado. Lo sé porque hubo una vez en la que yo nací de lo más profundo y solitario del mar.

 

El mar era ancho, sí; era grande y vasto. Bañaba las llanuras de tierra clara, una tierra nacida para ser patrimonio de los que esperaban pacientes la recogida. Porque el mar era campos de hojas verdes, era troncos en línea, a lo largo y ancho de toda aquella tierra árida.

Aparecí yo de pronto, envuelta en una sábana que me tapaba los ojos. No estaba envejecida pero tampoco era ya una niña. Lo cierto era que me había perdido algo. El sol me miraba fijamente a lo lejos, implacablemente sereno. Si hubiera tenido voluntad me habría acompañado otro rato. No me habría dejado sola en un mar grande y ancho, de tierras blancas y hojas verdes.

Por eso, cuando el sol se marchó, me quité las sábanas de los ojos; me di cuenta que andaba desnuda, con mi cuerpo empapado de sangre. ¿De quién eran las heridas? ¿Por qué estaba caliente la sangre?

Detrás de mí, rodeada de un mar grande y ancho, paseó el silencio. Aquel silencio tenía el rostro de un señor mayor al que yo conocía.

 

Ese hombre me cogió de la mano alguna vez, alguna que otra vez en un tiempo largo que se había perdido de vista. Ese hombre me llevó alguna vez a ver los patos blancos del estanque de un parque cuyos árboles rozaban el cielo cuando querían. Ese hombre me daba besos en el cuello, debajo de las orejas, hasta que me partía de risa. Ese hombre me hablaba como las gentes de aquel mar de hojas verdes, con gracia.

Pero justo detrás de mí, cuando tan sola y perdida estaba, cuando ya se había ido el sol y el silencio paseó a mi espalda, ese hombre no quiso jugar conmigo. Hizo como si me mirara y entonces recordé que muchas veces me gustaba sentarme en el patio de mi casa para ver cuántos azules existían en el cielo y cuántas caras podían poner las nubes blancas. Recordé que había peces que también chapoteaban en el agua. Que los motores de los aviones sonaban fuerte a orillas del río Jarana. Recordé que existen rosas que crecen en cualquier estación del año, recordé el olor de los libros que se leen cuando todo sabe a impaciencia. Recordé el calor que sube del asfalto en pleno de mes julio y lo bien que sentaba el agua en los pies al cruzar un riachuelo cuando el calor y la piel sumaban el sofoco. Recordé que existían las risas que nacen de un lugar profundo más al sur de una garganta. Recordé que las historias no son historias si no hay alguien que le de vida. Recordé que los besos no pueden ser dolorosos y que el tiempo no existía. Recordé que la música era capaz de latir debajo de poro, recordé que el agua canta y recordé, una vez más, el azul del cielo, el suelo viejo, un árbol roto que lloraba olivas verdes donde el sol era capaz de cegar cuando se marchaba. Recordé que yo no había contado cuántas veces puede el cielo inventarse un color azul. Recordé que no me había escuchado pedir perdón suficientes veces. No había llegado a contar hasta el final de los números, no tenía dolor en mi cuerpo por más abrazos. No había corrido lo bastante como para alcanzar un sueño repetitivo. Recordé que no le había dicho adiós al mundo desde el otro lado del planeta y que no le había dicho a la vida lo hermosa que era. Supe entonces que nada de aquello era mío y que nada podía llevarme conmigo.

 

Ese silencio con el rostro del hombre que conocí en un lugar perdido del tiempo, ese hombre que paseaba a mis espaldas sin llegar a mirarme, recogió de la tierra árida y clara mis sábanas.

Me dejó plantada en el olivo. Me dejó con mis heridas sangrantes. Me dejó estando yo viva.

Pero también me prometió en silencio y en aquel instante todo cuanto yo creyera: más días de mar de olivos, más carreteras perdidas, más helados en verano, más mantas en el sofá de casa, más cubos con palomitas de caramelo, más días con mi niño contando números, más noches de letras sin tinta, más besos robados en Madrid, más escondites en el calendario, más ganas por comer uvas a las doce, más planes repletos de fotos, más gruñidos al sonar el despertador, más lametones con narices chatas, más rontoneos en la ventana, más cafés descafeinados de máquina, más tickets de metro gastados, más teatros nocturnos en la Gran Vía. Muchas más gracias al Señor. Más “me gustas para ir de la mano contigo” escritos en una pared, más cuadros de papeles recortados, más notas absurdas en la nevera, más carmín rojo en los espejos… La brisa. La brisa de aquel mar.

 

Hubo una vez en la que me di cuenta de que el mar nunca fue azul. No fue turquesa ni tampoco plata. No tuvo visos de ser dorado. Lo sé porque hubo una vez en la que yo nací de lo más profundo y solitario del mar.

 


 

Dedicado a todos los que aman vivir por encima de cualquier posibilidad. Muy especialmente a Miguel Ángel, a Verónica y a Víctor, que son un ejemplo diario de superación. Dedicado a mi familia por poder seguir viéndolos a todos. Dedicado a Javier, que siempre me coge de la mano.

Mar de olivos está inspirado en la poesía de mi abuelo Pepe, sobre su Andalucía y sus olivos, que ahora también son míos.

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