Los creativos

Los creativos eran esas personas extrañas que caminaban entre el resto de la gente, como si perteneciesen a aquel amplio espectro de individuos reales que hacían de lo cotidiano una forma de vida aceptable. Llevaban abrigos, guantes y gorros para abrigarse del frío como el resto de las personas que tenían alrededor. Eran tan aparentemente normales que usaban objetos habituales para facilitar la vida de los humanos, a saber, unas gafas para mejorar su visión, aparatos tecnológicos avanzados para remediar su aburrimiento imperecedero, tickets de metro para desplazarse por los túneles de la ciudad… Los había que se detenían alguna vez en algún puesto de comida rápida para pedir un café para llevar y un pequeño tentempié que saboreaban con tranquilidad mientras observaban el mundo a través de sus ojos. Unos ojos nacidos para leer entre líneas y ver más allá de lo común. Era entonces cuando el aspecto menos comprendido de los creativos se hacía evidente: no importaba el lugar, la hora no suponía una excusa, ni tan siquiera el hecho de detenerse a mirar sin pudor, sin vergüenzas; lo realmente importante en aquel lapso que podría transcurrir en segundos, horas o vidas era lo que eran capaces de ver tras las apariencias de ese mundo tangible.

Así pues, una chica normal, cualquier chica morena o castaña o rubia, con el pelo recogido en un moño sencillo y sin intenciones, de nariz puntiaguda y pómulos sonrosados, vestida con la primera camisa encontrada en un montón de ropa (a juicio de la inventiva del creativo, claro está), que decidió esconderla bajo un jersey de punto verde para ir a la moda acompañando a unos pantalones oscuros que servían para salir del paso de las prisas que se cuecen en los túneles que existen bajo la ciudad, con zapatos de “voy a llegar tarde al trabajo” y que tenía la manía de morderse las uñas mientras cruzaba la línea amarilla del suelo que advierte del peligro de aproximarse a la vía (como si el hecho de sobrepasar ciertos límites redujeran el tiempo de espera, o aceleraran el recorrido natural de un convoy). Pues esa chica con prisas de repente se convirtió en el centro de atención de uno de esos creativos.

El creativo la observaba, en silencio, a unas cuantas baldosas, a la par que le robaba algo que nadie era capaz de advertir…

El creativo escuchaba la decadencia de la canción que le inspiraba cada mañana a las ocho y cuarenta minutos, que marcaba su reloj. Es la misma que se reproduce en su cabeza durante el día y que a veces es intrusa de sus pensamientos. Una bola inmensa se concentraba en el pecho del creativo y quería estallar, quería decir basta. Por eso miraba a la chica, que se paseaba de lado a lado, línea adentro, línea afuera, hasta que cerró los ojos.

 

Un flash. Ya no existen pasillos, ni ruidos, no hay oscuridad ni gente. El prado es inmenso y el día es brillante. Las montañas están verdes y azules, depende de cómo vaya el aire. El olor es una mezcla a amapolas y margaritas, a musgo de los árboles ancianos y al ámbar de su savia. Un flash. Una chica con un moño algo despeinado, de nariz puntiaguda y pómulos sonrosados se ríe de una manera peculiarmente divertida mientras da vueltas cogida de las manos de alguien que no se ve, hasta que consigue marearse y cae desplomada, sin perder la sonrisa ni un momento. Un flash. El cielo se convierte en una masa gris oscura que derrite cada fleco de luz y donde existía un prado ahora solo hay ruinas de piedra, un carro de madera cuyas ruedas están partidas violentamente, y donde la chica, esa de nariz puntiaguda y pómulos sonrosados, se encuentra atada de manos, llorando mientras suplica por la vida de su madre ante la mirada zafia de dos guerreros armados con espadas que la abofetean hasta hacer que su nariz puntiaguda sangre. Un flash. Junto a varias filas de hombres preparados y dispuestos para la batalla, la misma joven ahora lleva el pelo suelto y este ondea tras la brisa suave que precede a la muerte. Esconde su vida en un yelmo y en una armadura que pesa más de lo que hubiera imaginado. Su pequeña mano guerrera sostiene el arco con el que pretende dar muerte a aquellos que han osado acabar con la integridad y la estabilidad de su reino… La tierra comienza a temblar en el momento en el que esa joven de nariz puntiaguda, pómulos sonrosados, cabello rebelde y con el porte de quien ha decidido dar la vida por lo que considera justo, pronuncia las palabras que dan paso al estrépito.

 

La chica desapareció tras la puerta del vagón. El creativo dejó su estado de levitación y se apresuró para entrar ante el pitido chirriante que avisa del cierre de puertas. No sabía cuántas estaciones quedaban, no sabía cuánto tiempo podría seguir observándola sin que ella se diera cuenta de que él le estaba robando su identidad para convertirla en un personaje que sobrevivirá a todos los viajes que haga en metro el resto de su vida, cincelada en papel, viviendo de mano en mano. No sabía que sería la protagonista de una historia que le sobrevivirá a los nervios por un trabajo mal pagado, e incluso a las miles de personas que leerán sobre su existencia en otra vida, la inventada por el creativo y, sin saberlo nunca, esa chica habrá sido la inspiración de alguien que sólo la quiso para hacerla inmortal.


 

Esta es la canción con la que yo me inspiré para escribir este pequeño relato. Hero by Family of the Year

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