El multiverso cuántico del armario de tu habitación

EL MULTIVERSO CUÁNTICO

Ayer entré en tu habitación. Tengo que decirte que estaba un poco desordenada pero te entiendo. Nunca hay tiempo. Nunca hay ganas.

Entré para decirte que hacía una mañana bonita para pasear, ya sabes, como solíamos hacer los domingos después de dormir poco. Después de dejarnos la vida y la voz en cualquier local, rodeados de deseos alternativos, de canciones sin significado más allá de tu cuerpo y el mío.

Ayer entré en tu habitación para decirte que le busqué el sentido a todo lo que nos dijimos pero no lo encontré. No hubo manera.

Pensé en las veces que me advertiste que los bailes son peligrosos si no son entre nosotros. Como aquel sábado de madrugada donde tú y yo quisimos acercanos tanto que nos besamos sin tocarnos la piel. Era fácil perder mi voluntad contra tu insistencia. Era simple hacer las cosas más complicadas.

Desde que empezaste a teorizar sobre los mecanismos cuánticos que giran alrededor de las decisiones, me perdí. Soy de letras, qué estupidez, y no soy de perífrasis meta, sí, esas en las que te enredas a contar el mundo boca abajo, dando un par de vueltas a la luna, una de ida y otra de vuelta, para evitar expresar realmente que en tu armario, que también es tu cabeza, hay un lío de cojones.

¿No te lo he dicho ya? Ayer entré en tu habitación y vi que tenías los catorce versos que te escribí en posits, tachados a rallajos con un rotulador que violó cada sentimiento, pegados con celo, del revés. Los llamaste multiverso un día de playa, un día en el que me enseñaste que el mar era tu vida entera. Un día en el que tus labios sabían a fresas silvestres.

Ayer encontré el multiverso cuántico del armario de tu habituación y me propuse resolverlo. Por eso verás en tu espejo mis anotaciones; raíces cuadradas de lo nuestro, ecuaciones que no despejan tus putas incógnitas, tres coma catorce puntos suspensivos entre tu nombre y el mío. Como las veces que dijimos de vernos y nos quedamos con las ganas cogidas del teléfono.

Llámame de letras. Llámame poeta. Llámame loca pero eres tú el de las equidistancias y los caminos llenos de tuercas, de implacables nubes grises.

Ayer entré en tu habitación y el caos no era caos. Eras tú sin mis zapatos. Eras diluirte en cafés ficticios y recorrer Madrid de punta a punta. Me perdí porque nunca hubo besos, nunca hubo canción ni letras a tiza que se borraran con la lluvia. Fuimos esa regla matemática infinita que incumplen los sonetos en el multiverso cuántico del armario de tu habitación.

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