Antología (II)

PARTE II.

 

Se acabaron los interrogatorios. Se cerró aquel agujero que solía abrirse cada vez que me preguntabas eso de “¿tú qué es lo que quieres?”. Era un agujero azul oscuro que escondía una antología de secretos.

Te tragaste mis secretos el día que decidí contestar a tu pregunta. Donde yo vi ternura y acercamiento, no sé qué viste tú. Dices que no fue obligación y, sin embargo, no querías. Es tal la manera de no entenderte que por fin me pongo la bandera blanca y me rindo.

Que quiero creer que lo tuyo no es un juego macabro pero no me lo creo. Que quiero creer que cuanto más hablamos, más nos acercamos y la realidad es que es lo contrario. Te pierdo. Y al perderte, me pierdo. Porque cuanto más te doy, más me quitas. Me quitas las ganas de sentir por ti orgullo, curiosidad, cariño y hasta celos. Me quitas las ganas de querer contarte quién soy realmente. Me quitas las ganas de escribir.

¿Tengo que pedirte perdón por pensar en ti cuando quienes me tocaban eran otros? Perdona, yo no me he domesticado y sigo siendo esa maldita indómita, sin dueño ni amo, que sigue arriesgando porque sentir también era cosa de valientes.

Mi antología de secretos escondían mil miedos que han desaparecido. Ahora mi antología está llena de renuncios.

Renuncio a vivirnos. Renuncio a sentir el rugir de mis dragones internos, muertos de sed de ti. Renuncio a tocarte el pelo mientras duermes. Renuncio a pasear a nuestras perras. Renuncio a correr detrás de la pelota contigo. Renuncio a hartarnos a gominolas. Renuncio a beber los dos del mismo vaso de plástico. Renuncio a mirarte de soslayo mientras juegas como los niños grandes. Renuncio a pronunciar tu nombre mientras te sueño. Renuncio a volverte más loco por mí de lo que ya estás. Renuncio a gritarle al mundo cuánto te quise. Renuncio a pisar la arena de la playa buscando tus huellas. Renuncio a ser tuya, ni mía, ni nuestra. Renuncio a escribir poemas que esconden tu nombre entre verso y verso. Renuncio a planear viajes juntos. Renuncio a buscar en el Fnac películas que nos tumben en un sofá una tarde de sábado. Renuncio a sentirme más grande de lo que ya soy. Renuncio a verte crecer a mi lado. Renuncio a disfrutar de tus éxitos como propios. Renuncio a que sientas orgullo por los míos. Ya no tengo miedo a que nos conformemos porque renuncio a ti.

Se acabó el agujero que se abría cada vez que me preguntabas eso de “¿tú qué es lo que quieres?”. Era un agujero azul oscuro que escondía una antología de secretos y mi mayor secreto escondido era que creía que te quería sin miedos pero al final, yo ya no te quiero.

 


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